18 días, 432 horas, 25.920 minutos o 1.555.200 segundos para despedirme de Londres, este
lugar que tanto me ha enseñado, me ha hecho reír, llorar, conocer mis limites,
me ha regalado a bellísimas personas y me ha quitado muchas otras. Pero
sobretodo, Londres me ha hecho más fuerte y me ha enseñado a disfrutar de la
soledad.
Es curioso como en una ciudad tan grande, llena de vida, color y gente puedes
llegar a sentirte tan solo... Ya lo dice mucha gente: “O te comes la ciudad o
la ciudad se te come a ti”
Mi relación con Londres no siempre
fue fácil, recuerdo mis inicios, mi primer día perdida en medio del caos, oscuro
y agobiante, sin mucho más que dos maletas y la ilusión por conocer, recuerdo
sentirme frágil y perdida. Era hora punta y había gente por todas partes,
algunos trajeados otros vestidos de colores, pero todos con la cabeza gacha o
mirando al móvil caminando hacia el mismo lugar como si de hormigas se tratara.
Recuerdo trabajar de sol a sol y hacerlo repetidamente cómo el que respira,
sin darme cuenta que el tiempo volaba y
cada día me alejaba más del rumbo que había creído tomar.
Me dejé llevar por el ritmo frenético de la ciudad, por el gran consumismo
que la caracteriza y un día me di cuenta que me había convertido en una hormiga
más, había perdido las ganas de investigar, la sonrisa grande y despreocupada
que siempre me había caracterizado.
Me dejé envolver por el gris, me
encogí hasta sentirme insignificante, me consolé comprando, caí me levanté,
volví a caer y fueron miles las veces que pensé en abandonar, irme corriendo de
aquel lugar que me estaba robando la energía positiva.
Afortunadamente no lo hice, y gracias a la gente que me ha acompañado en
este camino y a la fuerza inexplicable que ha crecido en mí, me he levantado de
cada caída más fuerte que nunca.
Pero como todos sabemos después de las tormentas siempre llega la calma y
un buen día salió el sol, Londres cogió color y sentido… Encontré un piso el
cuál pude llamar hogar y volví a trabajar con niños. Ese día paré de dejarme llevar
cómo una hormiga y decidí tomar las riendas y aprovechar todas las oportunidades
que nos regala este lugar… Empecé a estudiar conocer nuevos lugares y gente, a
viajar y recuperé mi sonrisa, mi energía y las ganas de conocer.
El camino ha estado lleno de sentimientos contradictorios y emociones
explosivas que uno no cree poder sentir hasta que se marcha…
Mucha gente dice
que lo envidia, pero lo que ellos no saben es el precio tan alto que se paga…
Ellos creen que es fácil, que conocer gente y crear vínculos es muy rápido, que
te acogen con los brazos abiertos y todo son fiestas… Lo que no tienen en
cuenta es que por mucho tiempo que pase siempre seremos extranjeros y que
cuando más tiempo pasa más extranjero te sientes tanto en el nuevo país cómo en
el país de origen.
Cuando te das cuenta, miras a tu vida, la que ahora cuelga entre dos ciudades
y realizas que ahora eres dos personas diferentes y que por mucho que los dos países
representen y llenen una parte de tu ser y aunque tengas gente a la que amas
tanto en un lugar cómo en el otro, ahora tu corazón esta partido en dos y siempre
habrá una parte de ti que se sentirá lejos de casa y estará en una constante
lucha personal.
El vivir en el extranjero es una experiencia maravillosa, nos enseña el
poder de adaptación, a convivir con nosotros mismos y conocer otras culturas, te
da el regalo de la libertad, te ayuda a empezar de cero y a crecer sin límites.
Pero el día que te marchas de casa tienes que aprender a convivir con el
sentimiento de estar siempre perdiéndote algo… Ya sea un cumpleaños, un nacimiento o un simple domingo de sofá peleándote
con tu familia por el mando de la tele.
A día de hoy, después de más de tres años peleándome con estas
contradicciones me doy cuenta que este sentimiento se repetirá a la inversa y
que este lugar que al principio parecía exageradamente grande, frio y gris me
ha robado el corazón.
Londres, por increíble que parezca echare de menos tanto tus virtudes como
tus defectos… Echare de menos mi absoluta libertad, toda la gente que ha pasado
a ser familia y a los niños que después de dos años son como de mi propia
sangre. Incluso echaré de menos el caos, el ruido, el ser más pobre que una
rata, el beberme hasta el agua de los floreros, el engordar sólo con respirar, el
no separarme del paraguas, los cambios de humor, los largos trayectos, el
perderme y volverme a encontrar etc.
Me dispongo a cerrar esta puerta con la mejor de las sonrisas, sintiéndome muy
afortunada por la experiencia y por toda la gente que ha pasado por ella.
Sabiendo que he superado con creces todas mis expectativas y que aquí siempre
tendré mi segundo hogar.
Ahora solo falta coger fuerzas para abrir la siguiente puerta, aprender de
ella y disfrutarla!!
Amb amor: la sabata